
Mi hermano menor y yo pertenecemos al batallón número 18, al que todos conocen como “Los Ángeles”. Hoy fuimos llamados como segunda ola de contención ante las manifestaciones, que según mi comandante, estaban fuera de control y se habían transformado en focos de violencia por toda la ciudad. Las órdenes eran claras: contener y detener en caso de alguna situación hostil.
La ansiedad me acompaña, pese a mi rango entiendo la lucha, hasta podría decirse que estoy de acuerdo con los disidentes, pero también conozco mi lugar, mis responsabilidades y el honor que simboliza mi uniforme. El ejército y mi hermano son todo para mí, son la única familia que conozco, la única que me queda. Nos acercamos al epicentro de la manifestación y mi ritmo cardiaco se acelera en una mezcla de excitación y nerviosismo. No hay mucho tiempo para pensar. La situación está completamente fuera de control.
Las avenidas son trabajo de los convoy de seguridad, pero tenemos que navegar entre las calles aledañas que hierven en brotes y disturbios, como una enfermedad infecciosa. Mantener la formación era importante, pero casi imposible. La presión, euforia y violencia son efervescentes, no sé como, pero lentamente nos mantenemos avanzando a paso firme entre las calles hasta un edificio gubernamental tomado. El edificio es la trinchera de un grupo encapuchado que lanza bombas caseras a un escuadrón que camina delante del nuestro.
—La situación es crítica, pero con estos refuerzos y en formación podemos avanzar—dijo el comandante a cargo de la Unidad que ya estaba en la zona. Y en un intento de mantener el orden avanzamos contra los hostiles. A pocos metros de la entrada lateral una combinación entre explosiones y lo que parece una ráfaga de escombros y piedras, dividió al grupo en dos. Mi hermano y yo logramos entrar. Entre humo del gas lacrimógeno y el caos llegamos a la tercera planta en un salón principal.
—¡Al suelo!— grito, con apenas tiempo de refugiarme en la columna más ancha del salón, antes de que la explosión proveniente del fondo me dejara sordo por un momento. Busqué desesperado a mi hermano, quien tendido justo a mi lado cubierto por una montaña de escombros está muerto. Mis lágrimas empañan mi casco—soldado caído, a la izquierda, salón del tercer piso—comunico por mi radio tratando de contener los sollozos. Estoy solo en lo que queda del salón, alcanzo a ver dos guerrilleros que huyen escaleras abajo y lleno de rabia los sigo. El más ágil brinca entre la barandilla y el otro resbala por las gradas, gira a la derecha y entra en una oficina.
Corro detrás del último sujeto apretando mis dientes. Se me dificulta respirar y la oficina está oscura. Pruebo la luz y no funciona, así que enciendo la linterna de mi casco. Justo detrás del primer escritorio escucho algo, en dos sacadas apunto y para mi sorpresa es un soldado tendido en el suelo. No lo reconozco, tenía mi contextura, se había quitado el casco, estaba sucio, pero destacaban sus ojos azul profundo. Intento ver su uniforme para conocer el número y nombre de su batallón pero el polvo y la oscuridad del cuarto solo me permiten ver algo parecido a un escorpión en su escudo.
—Me ha atacado, estoy herido—señala el sujeto en el suelo, mostrando su costado, justo debajo de sus costillas brota la sangre, pero sigue hablando—Estás acorralado, sí, te tenemos encerrado, maldito incitador ¡Te atrapamos!—grita mi extraño compañero, refiriéndose a alguien más. A mí me nubla la cólera, no dejo de pensar en mi hermano muerto en el piso de arriba. Avanzo hasta el centro de la habitación y otro sujeto sale por detrás y me golpea la espalda con un trozo de madera. Caigo y pierdo mi arma. —Maldito cobarde, atacando por detrás— grita mi nuevo compañero, aún en el suelo. Rápidamente mi entrenamiento entra en juego, girando sobre mi eje en el suelo logro golpear los tobillos del atacante, quien cae al suelo. De un salto estoy sobre él, intercambiamos un par de golpes, costillas, estómago, pero al final, boca abajo, queda neutralizado.
Sujeto y listo para el arresto ejerzo más fuerza de la cuenta—¡piedad… ayuda!— murmura su cara contra el suelo.—Demuestra la misma piedad que tuvieron cuando lanzaron la bomba, sí, merece la misma misericordia, ha muerto tu hermano, ¿sí?— dice el soldado herido que nos acompaña.
—Te lo ruego, no he sido yo, la bomba ha venido desde afuera, también hemos perdido gente—entre lágrimas contra el suelo grita desesperado el amotinador. —La ley del ojo por ojo, sí, no merece vivir, instigador, que quiere anarquía en vez de orden, que le arrebató a tu país un buen soldado de tu batallón, que te quitó a tu familia, sí, tienes el poder de cobrarle a estas basuras, todo ese sufrimiento de devolverlo, sí. —escucho casi como un susurro en mi espalda la voz del mal herido.
—¡Mataste a mi hermano!—le grito a mi rehén y como un acto reflejo desenvaino el cuchillo con mi mano izquierda y se lo hundo en el costado, una, dos, tres veces… puedo sentir el cuchillo perforando la carne, desgarrándola, el sonido de su respiración mermando, los gritos de dolor se confunden con los que se escuchan desde de la multitud de afuera.
La sangre llega hasta el pañuelo que cubre su cara. Mientras remuevo el trozo de tela me percato de que es solo un muchacho: como yo, como mi hermano… me siento mareado, con náuseas, empapado en sangre ajena, no puedo parar de llorar.
—Muy bien, sí— con tono alegre escucho en mi espalda, volteo rápido para mirar al extraño soldado que ya está de pie con una sonrisa macabra y entre las sombras sale de la habitación.